El 15 de abril de 1953 se conmemorarán 70 años del atentado terrorista que conmocionó a la ciudadanía y sería la antesala golpista de lo que ocurriría dos años más tarde.
Por Jorge Nestor Juncal*
La muerte de Evita había sido un duro golpe difícil de absorber, no solo para Perón por la temprana partida de su compañera de vida sino también, para el Pueblo que había devenido en el depositario final de un sentimiento de orfandad inacabable.
Al año siguiente, la misteriosa muerte de Juan Duarte, hermano de Evita, generaba el caldo de cultivo propicio para los mercaderes de la muerte y aportaba nuevas ínfulas conspirativas a la oposición para medrar la acción del gobierno.
El país atravesaba momentos difíciles en materia económica donde la especulación patronal hacía su agosto cotidianamente, la inflación castigaba implacablemente los ingresos y el desabastecimiento de productos de primera necesidad originaba estragos en el consumo popular, en especial, respecto a la carne.
La oligarquía ganadera destinaba una proporción cada vez mayor a la exportación de productos cárnicos en detrimento de las mesas de los argentinos, en tanto, las tensiones con las Fuerzas Armadas, la Iglesia y sectores gorilas de la oposición se envalentonaban para desestabilizar al gobierno peronista.La carestía de la vida se había vuelto una realidad insoslayable, por demás adversa para los sectores populares.
La convocatoria para movilizar a Plaza de Mayo de la CGT a instancias del gobierno no se hizo esperar, se fijó el 15 de abril para realizar el acto con movilización respondiendo a la consigna de demostrar fortaleza y respaldo al Líder ante la complejidad socioeconómica que atravesaba la gestión política.
El llamamiento de la central obrera había sido todo un éxito, la Plaza se encontraba colmada de adherentes a la causa y su impronta multitudinaria anunciaba épicamente, otro “día peronista”.
El 15 de abril de 1953 un comando antiperonista liderado por los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse, integrantes de una familia vinculada a la oligarquía ganadera y el militante radical Roque Carranza eran los coordinadores del grupo terrorista que habían preparado para la ocasión tres artefactos explosivos de gran poder que dispondrían de manera estratégica en puntos críticos de las inmediaciones a la Plaza de Mayo para generar el mayor daño posible entre los manifestantes.
Estos tristes personajes de la antipatria, conspicuos “jóvenes profesionales y universitarios” de clase media alta, se adjudicaron el hecho de haber instalado tres bombas, una en la estación de subte “línea A” de Plaza de Mayo, otra en la confitería del Hotel Mayo y una tercera en el octavo piso del Nuevo Banco Italiano, ubicado en la esquina de Rivadavia y Reconquista, para hacerlos estallar en forma sincronizada cuando la histórica Plaza fuera el ámbito propicio para el masivo llamamiento de apoyo a Perón.
El atentado terrorista había sido dirigido, preparado y ejecutado por los enemigos del Pueblo Peronista, pero a la vez, presagiaba un final abrupto del mandato popular que no iba a estar exento de penurias y pesares para las grandes mayorías.
“He repetido hasta el cansancio que en esta etapa de la economía argentina es indispensable que establezcamos un control de los precios, no sólo por el gobierno y los inspectores, sino por cada uno de los que compran, que es el mejor inspector que defiende su bolsillo. Y para los comerciantes que quieren precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse”, J. D. Perón.Al termina su frase se escuchó el estruendo de un artefacto explosivo de alto poder que hizo interrumpir su discurso, se trataba del estallido de la primera bomba que había sido instalada en la confitería del Hotel Mayo en las inmediaciones a la plaza.
Ante el desconcierto generalizado, Perón se dirigió a la multitud diciendo: “Compañeros, éstos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba.”
Minutos después se escuchó una segunda explosión, esta vez más fuerte y más cerca, en la estación del subte Plaza de Mayo de la línea A, que a la sazón estaba cerrada mientras la concentración en la Plaza tuviera lugar, felizmente, esta situación impidió que el destino se alzara con una mayor cantidad de víctimas.
Perón con el rostro desencajado por lo salvaje del ataque que estaba recibiendo el pueblo inerme en la plaza advirtió: “Ustedes ven que cuando yo, desde aquí, anuncié que se trataba de un plan preparado, no me faltaban razones para anunciarlo. Compañeros: podrán tirar muchas bombas y hacer circular muchos rumores, pero lo que nos interesa a nosotros es que no se salgan con la suya, y de esto, compañeros, yo les aseguro que no se saldrán con la suya.”, a lo que la multitud respondió gritando repetidas veces: “¡Perón! ¡Perón!” y “¡Leña! ¡Leña!”.Por obra de la providencia, la tercera bomba ubicada en el octavo piso del edificio del Nuevo Banco Italiano, preparada para que su explosión produjera el desprendimiento de mampostería con el que causarían graves daños entre la multitud, no llegó a detonarse por fallas en el mecanismo de relojería del artefacto.
La acción de este grupo terrorista antiperonista había logrado enlutar una impecable jornada de participación popular al hacer estallar arteramente dos de las tres bombas que tenían dispuestas y consiguieron alzarse con una gran cantidad de bajas dentro de los manifestantes que se encontraban en la Plaza.
El Líder visiblemente conmovido se dejó llevar por los acontecimientos sin reparar demasiado en sus palabras, dijo: “Eso de leña que ustedes me reclaman, ¿por qué no empiezan ustedes a darla? Compañeros: estamos en un momento en que todos debemos de preocuparnos seriamente, porque la canalla no descansa porque están apoyados desde el exterior. […] Decía que es menester velar en cada puesto con el fusil al brazo. Es menester que cada ciudadano se convierta en un observador minucioso y permanente, porque hoy la lucha es subrepticia. Todo esto nos está demostrando que se trata de una guerra psicológica organizada y dirigida desde el exterior, con agentes en lo interno. Hay que buscar a esos agentes, que se pueden encontrar si uno está atento, y donde se los encuentre, colgarlos en un árbol. […] Con referencia a los especuladores, ellos son elementos coadyuvantes y cooperantes en esta acción. El gobierno está decidido a hacer cumplir los precios, aunque tenga que colgarlos a todos. Y ustedes ven que tan pronto se ha comenzado, y el pueblo ha comenzado a cooperar, los precios han bajado un 25 por ciento. Eso quiere decir que, por lo menos, estaban robando el 25 por ciento. Han de bajar al precio oficial calculado, porque eso les da los beneficios que ellos merecen por su trabajo. No queremos nosotros ser injustos con nadie. Ellos tienen derecho a ganar, pero no tienen derecho a robar. […] Si para terminar con los malos de adentro y con los malos de afuera, si para terminar con los deshonestos y con los malvados, es menester que cargue ante la historia con el título de tirano, lo haré con mucho gusto. Hasta ahora he empleado la persuasión; en adelante emplearé la represión. Y quiera Dios que las circunstancias no me lleven a tener que emplear las penas más terribles.”
Semejante advertencia hacia los enemigos del pueblo atizó los ánimos de la multitud, y algunos grupos de manifestantes, sintiéndose interpelados por las palabras de Perón, provocaron el incendio a la sede del Jockey Club, la Casa del Pueblo del Partido Socialista y produjeron incidentes en la Casa Radical y en la sede del Partido Demócrata Conservador.
Luego se supo que los autores materiales de los incendios y demás incidentes habían sido los integrantes de la Alianza Libertadora Nacionalista liderada por Juan Queraltó, juntamente con hombres que operaban al mando de Tessaire y el por entonces mayor Jorge Osinde.
Se registraron cuantiosos daños materiales en la confitería del Hotel Mayo, pero especialmente, en la estación del subte Plaza de Mayo (Línea A), donde la bomba instalada en el andén bajo un tablero eléctrico había provocado importantes destrozos en instalaciones fijas y en una formación de coches “La Brugeoise” estacionados en el andén.
Las esquirlas de la bomba detonada en la estación de subte destruyeron, a modo de rebote hacia el exterior, parte de la balaustrada de la escalinata central que se encuentra en la fachada norte de la Casa Rosada, que puso a Perón en serio riesgo de vida en momentos en que le hablaba al Pueblo.
A las importantes pérdidas materiales ocasionadas se sucedieron las irreparables pérdidas de vidas humanas que alcanzaría el luctuoso saldo de seis víctimas fatales: Santa Festigiata D’Amico (italiana de 84 años), Mario Pérez (empleado de Transportes de Buenos Aires), León David Roumeaux (dirigente del gremio de los madereros), Osvaldo Mouché, Salvador Manes, y al cabo de unos días, como consecuencia de graves heridas, fallecería una sexta persona, José Ignacio Cuota.
A este trágico resultado de fallecidos, se le sumarían más de 93 heridos de consideración, entre ellos 19 lisiados permanentes, como el oficial de Bomberos Pedro Domingo Calcagno, quien sufrió la amputación del muslo y la mano derecha.
La barbarie se había apoderado otra vez de la Argentina en tiempos en que su ciudadanía, a pesar de las dificultades, empezaba a vislumbrar una salida a la crisis económica y la renta nacional comenzaba a mostrar indicios de un virtuoso raid ascendente.
Al caer la tarde, el Gral. Perón concurrió a los hospitales para visitar a todos los heridos internados, a la vez, dispuso que la Fundación Eva Perón sufragara los gastos de sepelio de los fallecidos y encomendó a visitadoras sociales que se interiorizaran sobre las necesidades de los familiares de los deudos y parientes de las víctimas.
Las pesquisas identificaron a los militantes radicales Roque Carranza y Arturo Mathov como los principales autores del atentado terrorista, quienes habían actuado en el atentado secundados por Carlos Alberto González Dogliotti, militante del Partido Demócrata Progresista, Miguel Ángel de la Serna y Rafael Douek, entre otros personajes de recalcitrante militancia antiperonista y mismo espíritu asesino.
Roque Carranza, confesó haber fabricado las bombas detonadas el día 15 de abril, pero también admitió ser autor de otros dos artefactos explosivos que estallaron a fines del mes de abril en el Círculo Militar que causaron solo daños materiales, tras su declaración, quedó alojado en la Penitenciaría Nacional, actual Parque Las Heras.
Como era de esperar, tras el golpe de Estado a Perón, la “Revolución fusiladora” procedió a indultar sin más trámite a todos los implicados en estos atentados, quienes, libres de culpa y cargo, pudieron dar una vuelta de página y reconvertirse en dignos caballeros con total impunidad.
La Unión Cívica Radical “gratificó” a Arturo Mathov proclamándolo diputado nacional, su odio visceral antiperonista le valió una importante cucarda, que heredaría su hijo Enrique, importante cuadro radical, a la postre exsecretario de Seguridad del expresidente Fernando de la Rúa, considerado uno de los responsables de la represión del 20 y 21 de diciembre de 2001.
El confeso terrorista Roque Carranza se convertiría en un destacado dirigente radical que tiempo después sería designado ministro de Obras y Servicios Públicos durante la presidencia del doctor Arturo Illia, y luego ministro de Defensa del presidente Raúl Alfonsín.
En 1987, como si las paradojas de la vida no tuvieran límite, el gobierno del Dr. Raul Alfonsín premió la memoria del oscuro funcionario, fallecido el año anterior, denominando “Ministro Carranza” la extensión de la línea D hasta las vías del Ferrocarril Mitre, la estación ferroviaria y la estación de Subte.Pese a que, la ignominia pareciera encumbrarse indemne con el triunfo en el constante devenir de la historia, aquella tarde la presencia inconmovible de los trabajadores en Plaza de Mayo hubo de demostrar a cabalidad el amor y la lealtad que se prodigaban Perón y su Pueblo demarcando un derrotero común que el destino volvería inexorable.
Fue allí donde el coraje de los Descamisados puso a prueba su altivez frente a la conducta fratricida y cobarde de esos grupos facciosos, cuando, a viva voz y bajo una consigna de verdad unívoca, las masas acudieron a la convocatoria de su Líder y marcharon en defensa propia con determinación de mártires en amparo de la causa Justicialista.
¡La vida por Perón! ¡la vida por Perón!
*Abogado UM


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