La crisis que no entra en una planilla de cálculo

Argentina atraviesa una transformación que excede los números de la economía. El problema no es solamente cuánto alcanza el salario, sino ¿qué sucede con los vínculos, el trabajo, la comunidad y la identidad colectiva cuando cada persona queda cada vez más sola frente a sus dificultades?

*Por Jonathan Argarañaz


Hay crisis que pueden medirse con una planilla de Excel. La inflación, el déficit, la deuda, el salario real, las tasas de interés o el nivel de desempleo pueden convertirse en números. Pero hay otra dimensión de una crisis que no entra fácilmente en ninguna estadística: ¿qué sucede con una sociedad cuando se debilitan sus vínculos, cuando el otro comienza a ser visto como un competidor y cuando la idea de comunidad pierde terreno frente a la del individuo aislado?

Argentina atraviesa hoy esa discusión. El gobierno de Javier Milei llegó al poder con un programa que colocó al Estado, el gasto público y la intervención estatal en el centro de su cuestionamiento. Su discurso reivindica con fuerza la libertad individual, el mercado y la reducción del tamaño del Estado. Sus defensores sostienen que ese camino era necesario para corregir desequilibrios acumulados durante décadas. Pero una política económica no existe en el vacío. Cada decisión económica tiene consecuencias sobre la vida cotidiana y, por lo tanto, sobre la sociedad.Y allí aparece una pregunta que merece ser discutida: ¿qué ocurre cuando el ajuste económico empieza a trasladarse a los vínculos sociales?

La Argentina tiene una larga historia de endeudamiento público, crisis financieras y programas económicos que terminaron condicionando durante años las posibilidades del país, pero existe otra deuda que muchas veces queda escondida detrás de las grandes cifras: la deuda de las familias.

El crecimiento del crédito digital muestra una parte de ese fenómeno. Según el Banco Central, a diciembre de 2025 había 20,3 millones de personas con algún tipo de financiamiento. Durante ese año, los proveedores no financieros de crédito, entre ellos las fintech, incorporaron millones de nuevos deudores.

El fenómeno continuó durante los primeros meses de 2026. El BCRA informó que en febrero había alrededor de 12,1 millones de personas financiadas específicamente a través de proveedores no financieros de crédito y que el grupo fintech superaba los siete millones de clientes. En ese mismo informe, las tasas nominales anuales de determinados proveedores alcanzaban el 144% para préstamos personales y tarjetas de crédito. No se trata de demonizar al crédito. El crédito puede ser una herramienta necesaria y legítima para una familia o una pequeña empresa. El problema aparece cuando pedir dinero prestado deja de ser una herramienta para crecer y se convierte en una manera de llegar a fin de mes.

Una investigación de Reuters publicada en septiembre de 2026 describió precisamente ese fenómeno: trabajadores que recurren a préstamos digitales de tasas muy elevadas de usura para afrontar gastos cotidianos o poder continuar trabajando. La misma investigación señaló que la morosidad de los préstamos de los hogares había alcanzado niveles récords.

La paradoja es evidente: mientras se habla de la recuperación del crédito como una señal de normalización económica, para una parte creciente de la población el crédito puede estar funcionando como un salvavidas cada vez más caro.

Y una sociedad que necesita endeudarse para consumir lo básico no está recuperando bienestar. Hay algo todavía más profundo. Durante décadas, la Argentina construyó una extensa red de organizaciones intermedias: sindicatos, clubes de barrio, sociedades de fomento, centros culturales, cooperativas, organizaciones sociales, iglesias, escuelas, universidades y espacios políticos que cumplieron una función fundamental: construir comunidad.

En esos espacios las personas no eran solamente consumidores. Eran trabajadores, vecinos, compañeros, estudiantes, militantes, socios, padres, madres y ciudadanos.

Cuando esas estructuras se debilitan, no desaparece solamente una institución, también puede desaparecer un lugar donde las personas se reconocían como parte de algo colectivo.

Ese es uno de los grandes debates culturales de nuestro tiempo. El individualismo convierte cada problema social en uno exclusivamente personal. Si alguien no consigue trabajo, el problema sería individual. Si una familia no puede pagar el alquiler, sería individual. Si un joven no puede estudiar, sería individual. Si una persona necesita endeudarse para comprar alimentos, también. Pero una sociedad no puede funcionar indefinidamente convirtiendo problemas colectivos en fracasos individuales.

Incluso Jaime Durán Barba, desde una posición política muy diferente a la tradición peronista, viene describiendo una transformación cultural profunda. En una entrevista reciente sostuvo que existe una sociedad más fragmentada, atravesada por el consumo permanente de contenidos digitales y por una pérdida de autoridad de instituciones tradicionales. Y señaló también, que "el peronismo como partido podría desaparecer como ocurrió con otros grandes partidos de América Latina como el PRI o APRA".

Decir que el peronismo puede desaparecer es perfectamente posible si se entiende al peronismo solamente como una estructura partidaria o electoral. La historia argentina demuestra que los partidos pueden desaparecer, transformarse o quedar reducidos a expresiones marginales. Pero el peronismo presenta una particularidad histórica, que hace que esto no pueda pasar. 

Desde su aparición a mediados del siglo XX, el peronismo no fue únicamente una organización electoral. Construyó una identidad política que atravesó sindicatos, organizaciones sociales, cultura, universidades, clubes, barrios, organizaciones comunitarias y generaciones enteras.

La sociedad cambió. Las formas de informarse cambiaron. Las redes sociales modificaron la manera de discutir. El teléfono reemplazó parte de los espacios tradicionales de conversación. La política se convirtió muchas veces en una sucesión de fragmentos, videos de pocos segundos y enfrentamientos permanentes. Pero una sociedad no puede vivir solamente de estímulos. También necesita proyectos.

La discusión tampoco se limita a los partidos políticos. El papa León XIV llegará a la Argentina en noviembre de este año, en un contexto en el que la agenda social ocupará un lugar importante. Entre las preocupaciones que aparecen en sus discursos están la pobreza, el trabajo, la justicia social y la desigualdad. En junio, el Vaticano difundió un mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de los Pobres en el que insistió sobre la solidaridad y cuestionó las relaciones sociales construidas sobre la dominación y la desigualdad. En una intervención dedicada a la seguridad social, el Papa habló de la necesidad de combinar responsabilidad social, fraternidad y distribución equitativa de los recursos, además de remarcar que no existe un determinismo que condene a las sociedades a la desigualdad.

No hace falta compartir una misma concepción religiosa para entender el punto de fondo: el problema social no se resuelve únicamente aumentando o reduciendo una determinada variable económica. Hay una discusión acerca de qué tipo de sociedad queremos construir.

Por eso, volviendo al peronismo, existe un núcleo de ideas que explica buena parte de su permanencia histórica: el valor del trabajo, la comunidad organizada, la movilidad social, la soberanía nacional y una concepción de justicia social.

Por eso, la discusión sobre su futuro no debería limitarse a preguntar cuántos votos tiene en una elección determinada. La pregunta más profunda es otra: ¿Tiene todavía algo que decirle a la sociedad? El desafío es reconstruir una identidad colectiva.

 La Argentina necesita discutir su futuro más allá de la pelea entre nombres propios.

Necesita discutir qué significa crecer, qué significa trabajar, qué lugar debe ocupar el Estado, qué papel debe tener el mercado y qué derechos deben garantizarse independientemente de la capacidad económica de cada persona. También necesita recuperar algo que parece cada vez más difícil: la idea de un destino colectivo.

Para una parte de la sociedad, la tradición peronista representa precisamente una posible respuesta a esa discusión. No solamente por su historia electoral, sino por su concepción de la política como herramienta de organización social y por su reivindicación del trabajo, la soberanía y la justicia social.

Pero esa tradición no puede vivir únicamente de su pasado. Si se pretende volver a ocupar un lugar central en la sociedad argentina, tendremos que demostrar que se puede interpretar los problemas de las nuevas generaciones, comprender las transformaciones culturales producidas por la tecnología, hablarle a quienes no se sienten representados por las estructuras tradicionales y construir una propuesta concreta frente a la precarización laboral, el endeudamiento familiar y la pérdida de expectativas.

Una identidad política solamente permanece viva cuando consigue renovarse sin perder aquello que considera esencial.

Quizás allí esté una de las discusiones más importantes de la Argentina actual. Porque el problema no es solamente quién gobierna. El problema es qué tipo de sociedad queremos ser. Una sociedad donde cada individuo deba resolver solo sus problemas frente al mercado, o una sociedad que vuelva a pensar en términos de comunidad. Una sociedad donde el trabajo sea simplemente un costo, o donde vuelva a ser también una herramienta de dignidad y movilidad social. Una sociedad que mida todo exclusivamente en términos de rentabilidad, o una que también sea capaz de preguntarse por la solidaridad, la cultura, la educación, la identidad y el futuro.

El peronismo tendrá que responder esas preguntas si quiere seguir siendo una fuerza histórica. Y, en definitiva, la discusión sobre su supervivencia la resolverá su capacidad, para volver a construir un vínculo real con una sociedad que está buscando, en medio de una profunda transformación económica y cultural, nuevas formas de comunidad, representación e identidad.


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