Este 16 de septiembre se cumplieron 50 años de uno de los hechos represivos más representativos del plan de la última dictadura militar: la persecución, el secuestro y la desaparición física de jóvenes que buscaban transformar un país que venía atravesando un profundo retroceso en materia de derechos.
Por Daiana Toloza
Este suceso tuvo un carácter representativo porque lo ocurrido durante la
denominada "Noche de los Lápices" buscó modificar no solo el presente, sino,
principalmente, el futuro de nuestra juventud. La dictadura no persiguió
únicamente a quienes militaban y reclamaban por sus derechos: intentó
disciplinar a toda una generación y sembrar el miedo sobre las generaciones que
vendrían.
Esta fecha fue protagonizada por jóvenes de entre dieciséis y dieciocho años que decidieron organizarse y luchar colectivamente frente a una situación de desigualdad económica y exclusión que afectaba a sus propios compañeros. Estos jóvenes entendían que estudiar no debía ser un privilegio para algunos pocos, sino un derecho. Por ese derecho no dudaron en organizarse y entregar su vida.
El reclamo por el boleto estudiantil era, en aquel contexto, una respuesta concreta frente a la crisis económica que atravesaban las familias trabajadoras.
Haciendo
un poco de crónica de lo ocurrido, entre el 9 y el 21 de septiembre de 1976,
comandos militares y policiales secuestraron a diez jóvenes militantes. Los
adolescentes tenían entre 16 y 18 años. Seis de ellos fueron asesinados y
continúan desaparecidos; cuatro sobrevivieron luego de ser torturados y
pudieron, años más tarde, brindar sus testimonios en los juicios por delitos de
lesa humanidad.
Los
nombres de las víctimas aún nos interpelan: Claudio de Acha, María Clara
Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y
Horacio Ungaro permanecen desaparecidos. Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia
Miranda y Emilce Moler lograron sobrevivir y posteriormente testimoniaron sobre
lo ocurrido.
A
cincuenta años de estos hechos fatídicos, nos encontramos frente a un panorama
económico que, salvando las enormes diferencias históricas, vuelve a poner a
las familias trabajadoras en el centro de las consecuencias de un modelo
económico que no parece tener reparos a la hora de ajustar y reprimir. Un
gobierno alineado con los intereses de una potencia extranjera y sometido a las
exigencias del Fondo Monetario Internacional, institución cuya historia en
nuestro país está estrechamente vinculada a las políticas económicas
implementadas durante la última dictadura.
Y
frente a este panorama nos encontramos con una juventud golpeada, sometida a
una sobre estimulación permanente vinculada al consumismo, donde se intenta
imponer la idea de que los valores fundamentales están determinados por las
cosas que poseemos. Jóvenes que, lamentablemente, muchas veces deben crecer en
hogares vacíos porque sus padres, madres o tutores necesitan sostener dos, tres
o más empleos para poder garantizar las necesidades básicas de sus familias.
En este
contexto, como en 1976, nos parece fundamental destacar el rol de la escuela.
Fue allí donde muchos de aquellos jóvenes comenzaron a cuestionar el contexto
que los atravesaba, a organizarse y a comprender que los problemas individuales
también podían convertirse en luchas colectivas.
Hoy esa tarea también nos pertenece. Es responsabilidad de estudiantes y trabajadores de la educación construir una masa crítica de jóvenes capaces de cuestionar aquello que se presenta como natural e inevitable.
Jóvenes dispuestos a dar una batalla contracultural frente a los grandes medios hegemónicos de comunicación y frente a una sociedad que muchas veces intenta convertirlos únicamente en consumidores.
Somos
nosotros, desde la escuela, quienes tenemos la responsabilidad de formar
pensadores capaces de cuestionar, pero también de conmoverse frente a la
injusticia. Jóvenes que puedan comprender que la educación no es un privilegio,
que la solidaridad no es una debilidad y que la organización colectiva sigue
siendo una herramienta para transformar la realidad.
Porque
recordar a los compañeros y compañeras de La Noche de los Lápices no puede
reducirse a repetir sus nombres una vez al año. Recordarlos es preguntarnos qué
hacemos hoy con aquello por lo que ellos lucharon. Es defender la memoria, pero
también asumir la responsabilidad de construir el futuro que ellos no pudieron
vivir.
A cincuenta años, esta fecha nos interpela especialmente a quienes somos docentes y nos reconocemos como herederos de una generación que fue perseguida por atreverse a imaginar un país distinto.
Y entonces
las preguntas dejan de ser solamente pedagógicas y se convierten también en
preguntas políticas y colectivas:
¿Qué estamos enseñando?
¿Lo que enseñamos es suficiente?
¿Qué prácticas seguimos sosteniendo que
ya no sirven para este contexto?
¿Estamos formando jóvenes capaces de
cuestionar, de organizarse y de comprometerse con su comunidad?
¿Estamos formando sujetos capaces de
reconocerse como parte de un pueblo y no simplemente como individuos destinados
a consumir?
¿Estamos enseñando para reproducir la
realidad que tenemos o para transformarla?
Porque
quizás la verdadera forma de honrar a los jóvenes de La Noche de los Lápices no
sea solamente recordar cómo lucharon ayer, sino preguntarnos, desde nuestras
aulas y desde nuestro lugar de trabajadores de la educación:
¿Qué estamos haciendo hoy para que la juventud
vuelva a creer que organizarse, estudiar, solidarizarse y luchar colectivamente
también puede ser una forma de construir un país más justo, más libre y
verdaderamente soberano?


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