Dios, Patria y familia en la era de los algoritmos

Por Roxana Stoehr

En los últimos dos años comenzó a instalarse en plataformas como Instagram y Tiktok, la tendencia de un movimiento de mujeres que difunden contenido dedicándose a tareas de cuidado del hogar y la familia y hoy vuelven a estar en el centro de los debates en redes sociales. Las denominadas "tradwife", cuya traducción es "esposa tradicional", son mujeres que efectúan una defensa de los roles de género de un hombre/marido, proveedor de sustento económico y emocional y de una mujer/esposa complaciente y servicial en materia doméstica.

 Aunque el contenido difundido es capitalizado y monetizado por parte de estas influencers que promueven marcas, indumentaria y una estética hegemónica, razón por la cual gran parte de sus seguidoras las consideran referentes de empoderamiento femenino, el mensaje y la estética que transmiten remiten al antifeminismo de la década de los ‘60, surgido en Estados Unidos. Hoy se vuelve a poner en duda la importancia del voto de las mujeres y se propone la idea de renunciar al voto para cederlo al hombre de la familia. De este modo, el mensaje que se pretende instalar, en una época marcada por la carga mental y la explotación laboral de tener que trabajar dentro y fuera de casa, en medio de un contexto de crisis socioeconómica global, aparece como una solución mágica y aliviadora para no tener que dar los debates políticos sobre la necesaria redistribución de tareas y sobre la reducción de derechos que las mujeres hemos venido sufriendo en los gobiernos de ultraderecha.

Es necesario señalar que el foco no puede estar en lo que cada mujer decide desde su individualidad y deseo, sino en la construcción social que se produce al exponer, en las plataformas digitales más utilizadas por las jóvenes que están formando su identidad, que una mujer es próspera cuando limita su participación en la esfera pública para satisfacer a un otro, que se encuentra en condiciones superiores de poder y cómo eso refuerza aquellos estereotipos que los feminismos venimos tratando de deconstruir. 

El lingüista y filósofo, George Lakoff, explica que estas construcciones discursivas se aprehenden debido a que “la gente piensa mediante marcos”, es decir, estructuras mentales que determinan cómo vemos el mundo. Para este investigador, los modelos de familias contribuyen a construir una identidad social y política, y las elecciones de la esfera privada se trasladan a la esfera pública.

En su libro "No pienses en un elefante” Lakoff explica:

Puesto que el matrimonio es central para la vida familiar, tiene una dimensión política [...] La política conservadora y la progresista se organizan en torno a dos modelos muy diferentes de vida matrimonial: la familia del padre estricto y la familia de padres protectores. La política conservadora contemporánea convierte los valores familiares del padre estricto en valores políticos: autoridad jerárquica, disciplina personal, poder militar. 

Para él, las personas, al elegir representantes, votan por lo que los identifica, no a favor de sus intereses. Eligen según lo que admiran. Esto explicaría, en parte, porque las clases populares votan gobiernos liberales que venden valores de superación personal, meritocracia y que les dicen que pueden lograr todo lo que se propongan sin depender de nadie. Hoy, vemos que los modelos de familias que se constituyeron como la norma décadas atrás, se vuelven a instalar como modelo a seguir, en un contexto donde los gobiernos de ultraderecha llegan al poder gracias al voto popular, no por las políticas de gestión que éstos adoptan sino en función de la alienación que surge como efecto ideológico de los discursos que, según explica Barthes, se da cuando las clases populares deshistorizan las relaciones sociales dentro de una economía basada en la explotación y creen que son procesos naturales, por lo tanto indiscutibles. Considerar que una mujer es empoderada cuando puede ocuparse sola de todas las tareas domésticas y, a su vez, estar siempre armoniosamente vestida y maquillada, mientras difunde su contenido y gana dinero desde su casa, una Todopoderosa que no descuida su rol de madre y esposa, es continuar con los paradigmas de roles de género que nos venden como si fueran parte de la naturaleza, y es reducir la participación del Estado en nuestras vidas.

¿Y qué pasa cuando una mujer que se ve sometida a la doble jornada laboral, toma estos modelos como ejemplo?

Según un informe de ONU Mujeres, las mujeres realizamos 2,5 veces más trabajo de hogar y cuidado que los hombres. El fenómeno de desigualdad que atravesamos las mujeres, que además de tener una jornada laboral remunerada nos vemos sometidas a una segunda no remunerada, que es la doméstica, es lo que se denomina doble jornada laboral. Quien, además, ejerce una tarea comunitaria, como suele suceder en barrios populares, está siendo sometida a una triple jornada laboral. Y si a esto se suma el deseo de formarse académicamente, los costos que implica tener esas cuatro jornadas son menos tiempo para el descanso, para el ocio, para los vínculos, menos salud, más presión social. En un contexto así, ¿cómo impacta ver que podés ser generadora de contenido desde la comodidad de tu casa, solo por el módico precio de ser esposa y madre?

En Argentina, según datos publicados por el observatorio Ahora que sí nos ven, en lo que va del año se registró un femicidio cada 35 horas, donde en el 64 % de los casos, el femicida era pareja o expareja de la víctima y el 45,6 % tuvieron lugar en la vivienda que compartían. ¿Cuánto puede aumentar ese número en un país donde el Estado decide retirarse de las responsabilidades y financiamiento de esas áreas, como sucede con la gestión actual de Javier Milei? ¿Es un contexto seguro para que las mujeres apuesten a ser “tradwife”?


Hoy, el desafío para los feminismos y la batalla cultural está en construir discursos en los que no se impongan etiquetas y entender que una mujer que elige ser ama de casa no es menos importante que quien decide no ser madre
y viajar por el mundo, que una mujer no es empoderada por someterse a una sobreexigencia de mandatos culturales, ni lo es cuando accede a la misma posición que un hombre, sino que la verdadera revolución y lo que empoderaría a cualquier mujer sería contar con las mismas herramientas que los hombres y desde ahí poder elegir.

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